
Reyes, pero ni tan
Tercer Capítulo
Huáscar I. Vega Ledo
Basado en inspiraciones y ciber-contribuciones de
Jaime Molina Escóbar
Enero, 1996

Así como el agua |
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la noticia llegó |
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mojando a todos. |
Una viejita arrancó de su pecho arrugado y cobrizo, un crucifijo de plata, el cual
hundió en el lodo empujándolo con la punta hasta que el puño de su bastón tocó
tierra, luego de sacar el bastón empezó a tapar el hueco mientras rezaba y rezaba en aymará y un poco de latín -que quién sabe donde lo
aprendió-.
Unas beatas conocidas por chismosas y medio brujas trajeron tijeras para depositarlas
abiertas y en cruz sobre el barro. Otras beatas trajeron un par de cuchillos colocándolos
uno sobre el otro también en cruz y sobre el lodo. Practicaban estas supercherías al son
de un estribillo que repetían cual niñas de escuelita:
San Isidro labrador,
ruega a Dios que salga el sol.
San Isidro labrador,
ruega a Dios que salga el sol...
Todos los caminos estaban derrumbados. Nadie estaba muerto, pero algo parecido es un
pueblo incomunicado. La mazamorra destruyó algunos sembradíos. Algunas terrazas de los cocal es habían perdido sus ángulos rectos. Las raíces de
algunos naranjos jóvenes parecían manos abiertas de ahogados tratando de agarrarse de la
neblina.
Mientras los chiquillos observaban embelesados ésta mini hecatombe, el cura del pueblo
paseaba murmurando: Ay caray, que cosa nomás hemos hecho Señor. ¿Será que hemos
pecado de gula en Navidad? ¿Será que he abusado del vino en Año Nuevo? ¿Porqué nos
castigas Señor? Ábrenos una brecha. Hazlo por los niños, por la alegría de esos
inocentes corderillos. Ábrenos al menos un hilito de camino para que lleguen los Reyes
Magos, por favor Señor, por favor.
¡Milagro! ¡Milagro! llegó anunciando el Chojolulo . La
tristeza se tornó en esperanza, todos miraron hacia el cielo. Pero seguía lloviendo.
¿Cual milagro? ¿Qué pasa? ¿Qué pasó huerfanito? preguntó una de las beatas.
El Chojolulo no le contestó, no le gustaba que lo llamaran como antes, él ahora se
llamaba Chojolulo y estaba bien orgulloso de su nombre. Ya los indios viejos de Churuhuasca le habían explicado que desde los tiempos de la
colonia, en las Leyes de las Indias se disponía como normas
de vida y buenas costumbres que los indios debían poner a sus hijos los nombres de
sus padres y madres, abuelos y en ningún caso los de la luna, pájaros, animales,
piedras, sierpes y ríos, pero como él no tenía padres y además eran otros
tiempos, tenía derecho a esos nombres. Y estaba tan contento el huerfanito con ese nombre
de pájaro, que con ello había logrado llenar el vacío dejado por sus progenitores con
la historia de sus ancestros.
La viejita que anteriormente enterró el crucifijo de plata, comprendía muy bien esos
sentires, pues es mitad india y mitad blanca y es por eso que enseguida le preguntó,
di nomás ¿que pasó hijito, suma lulitu , Chojolulitu ? Fue entonces que recién se enteraron que en la
casa de Doña Eugenia Dolores entró un río de lodo, piedras y troncos, derrumbando las
paredes de la sala y destrozando casi todo. Menos el Nacimiento ;
el mejor Nacimiento de ese y otros pueblos cercanos, con un Niño
cuzqueño de masa-pan que parecía porcelana, vestido
en ropas bordadas con hilo de oro antiguo, elaborados por los yauiñckepa
. El supuesto milagro fue que el Niño Manuelito salió ileso como asimismo sus
ovejitas, los Reyes Magos, San José y la Virgen María. Sólo que el Ni¤o Dios estaba un
poco mojado y parecía estar llorando.
A partir de ese momento los días comenzaron a transcurrir sin sol pero como si lo
hubiera. La fe renació en los pobladores quienes aprovechaban el tiempo para planear y
reconstruir. Se armaron cuadrillas que limpiaban los cauces de los riachuelos, levantaban
los pequeños árboles derribados por la mazamorra y los convertían en pequeños puentes
para paso de peatones. Al barro le aumentaban fibras vegetales o paja para usarlos como
argamasa y recomponer con piedras, la multitud de graderías que en el fondo son las
calles de este pueblo que se construye reptando las pendientes del cerro. ¿Las
goteras...? los que tienen techo de teja reparan con teja -si las tienen- o remiendan con
medios troncos ahuecados, los de techo de paja reparan con paja nueva o remiendan con las
hojas tiernas del banano . Tal parece que están empezando
a cumplir las promesas que borrachamente hicieran en Año Nuevo. Son los primeros cuatro
días del año y para algunos el primer día que no bebieron. Eso se debe a dos razones,
al Nacimiento que quedó intacto a pesar del derrumbe y a que por falta de caminos ya no
entra mas aguardiente al pueblo. Ya se acabaron casi todos los guarapos
de piña fermentada , los cócteles de naranja , el
macerado de guindas en singani por varios meses y la infaltable leche de tigre .
Recordar la medianoche del treinta y uno de diciembre, es recordar a los
media-nuca saliendo con maletas, dando una vuelta a la plaza, persignándose
frente a la iglesia y regresando a casa (esto lo hace la gente que quiere viajar en el
año). La hija de la chausito comió una uva por campanada (esto se hace para
que no falte en el año comida ni bebida). La Juana, una morena mas buena que casita a
orilla del río, ¡se cambió de ropa interior en menos de doce segundos! (dizque para
cambiar de actitud y mejorar en todo aspecto).
La celebración continuó hasta el amanecer, bailaron cueca s,
huayñitos , polkas y bailecito s. Y las conversaciones giraron en torno a las
conversiones. Este año sembraré otra cosa, Este año seré
diferente, Es el momento para cambiar de mujer, Prometo que
pondré la cerca a la huerta, Si hijito, te llevaré a que conozcas La Paz , Nos iremos definitivamente de este
pueblucho, Ya no volveremos a las Europas , nos
quedaremos en Churuhuasca, a sembrar y a exportar, Este año cambiaremos al
cura, no ha hecho nada para que deje de llover.
Paralelo a estos deseos, los indios viejos susurraron algo parecido a mara (año), esperando el alli o sapa mara
(año de buena cosecha), empezando por este mes de chino
pahkhsi (enero). Y hablaban de uru
y aruma (el día y la noche) y de kharuru (mañana) y hablaban y hablaban en un aymará
muy difícil. Se refirieron a las wara wara
(estrellas) y los hacha wara wara (planetas).
Y por escuchar y tratar de entender estas ciencias autóctonas es que al niño de siete
años le crecieron tanto los ojos y el asombro.
Que bueno que a partir del cuarto día de enero empezó el verdadero sappa
mara pues todos trabajaban para cumplir promesas. Casi todas las labores de
mantenimiento colectivo las hacían al compás de hualaychos ,
quienes armados de sus tambores improvisados, quenas ,
guitarrillas, chulluchullos , lo que sea; se dedicaban a
cantar los últimos villancicos o los huayños o los
bailecitos populares, cambiándoles la letra y burlándose amigablemente de la vida y obra
de los mismos pobladores.
Chojolulo llegó a ser la figura principal pues todos los grupos de hualaychos querían
tenerlo a él como cantante, además resultó ser dueño de una mente ágil para inventar
coplas cargadas de humor, pues dada su condición de huérfano parte de su corta vida se
la pasó de casa en casa, conociendo así las idas y venidas de todas la familias, hechos
que relataba con sutileza y fina ironía brotada en coplas y canciones.
Todos estaban felices. De tal forma que hasta los niños podían cantar contra la Santa
Rita del pueblo sin recibir pellizcos ni jalones de orejas. Incluso al parecer Angelucho
-el malcriaducho- inventó esta copla, pero con su chaja-voz no
podía cantarla y se la dio al Chojolulo:
Niño Manuelito, suma lulitu.
Ay! Santa Rita, cara de pita .
Cuando llegará Reyes, con sus magueyes ,
No somos malos, danos regalos!
Ay! Santa Rita, nariz de ulupica
Déjanos jugar, en tu altar.
Antes que los Reyes lleguen, y te peguen.
Danos permiso, danos permiso
Al fin los Reyes se acercaban, cinco de enero sin lluvia y sin sol. Los caminos seguían
obstaculizados. Algunas personas mayores esperaban en vano el correo y las encomiendas.
Todos los niños estaban felices y vestidos con sus mejores ropas, portándose bien. Sin
revolcarse en la tierra, sin picardías, sin jugar con barro y sin salpicar ojos de agua
estancada a las pantorrillas y vestidos de las señoras.
En las ventanas unas gotas enormes quedaron prendidas de los pretiles, parecían ranas
multicolores esperando con las bocas abiertas. Eran los zapatitos y medias que se
acostumbraba colgar en las ventanas. Algunos chiquillos ponían hasta tres pares de
calzados, pensando que con ello podían tener más regalos. Otros changuitos ponían su ventiúnico par,
otros zapatitos lucían viejitos y con un agujerito en la planta, los indiecitos colgaban
sus abarcas y se quedaban descalzos con los ojos brillando
de esperanza. Algunas abuelitas colgaban las medias tejidas a mano para sus nietecitos de
pocos meses.
Entretanto los grandes preparaban sus últimas damajuanas de vino o coctelito.
Preparaban las mentiras y verdades que pondrían en los calzados, indicando donde estaba
escondido el regalo -cuando el regalo era grande, lo cual era muy frecuente-. Los adultos
escondían los regalos cubiertos por montones de leña o en el hueco de los árboles, en
el entretecho, dentro las tinajas de la cocina, dentro el horno de barro, entre los quintales de fruta, debajo los pisos rotos, en lugares siempre
inimaginables. Esa tradición ocasionaba que desde el mediodía los chicos vigilaban las
acciones de los grandes, era una especie de juego a ladrones y policías donde vecinos,
abuelos, tíos, sirvientes, todos participaban y encubrían. Hasta que al fin llegaba la
medianoche y los changos se abalanzaban por dentro o por fuera hacia las ventanas.
Buscando el regalo o la notita en sus zapatos y luego a la carrera ir a
desenterrar su regalo, antes que algún amigo o primito se le adelante, y todo
termine en pelea y llantos.
En la casa de hacienda el tío Abundio sonreía tratando de disimular sus
preocupaciones -¿Cómo saldría de los Yungas ? Pasado
mañana debiera estar viajando hacia La Paz, para después retornar a su segunda patria.
¿Estarán para entonces los caminos arreglados? se preguntaba. Este país no sirve para
nada, no tiene ni buenos caminos, por eso me fui, por eso me voy. Se repetía a si mismo.
Pero al mismo tiempo, al ver la alegría de su gente, al recordar el porqué todos los
años se moría por volver a estas tierras. Se desdecía de lo anterior y lamiéndose los
bigotes sonreía de verdad diciendo: ¡Qué carajo importan estos caminos de mierda!.
Importa mi gente, mi corazón está acá, junto a la ingenuidad y calor de mi pueblo-.
Digamos que lo despertó el grito de felicidad expresado por su sobrinito de siete
años; el changuito estaba embriagado con el regalo que el abuelo-viejo hizo traer para
todos los niños. La colección de libros El tesoro de la juventud le había
hecho recordar los momentos cuando el abuelo trataba de enseñarle a leer y hablaba
maravillas de esos libros y le prometía regalárselos cuando él aprendiera. Pero el
abuelo-viejo se murió antes y aunque parezca extraño, el niño aprendió a leer gracias
a la chola Candelaria. A esta chola autodidacta que leía mal para su edad, pero leía.
Ella gustaba de enseñar a los indiecitos y de colador se metió este
changuito de la hacienda, que merced a su gran inteligencia y a la pedagogía innata de la
Candelaria, aprendió muy rápido. El chiquillo estaba tan contento que hasta parecía
tener la misma sonrisa del abuelo mientras leía en voz alta uno de los Tesoros de
la juventud, haciendo las delicias de toda la familia y algunos invitados pues leía
con las deformaciones fonéticas de la cholada , por
ejemplo, en lugar de leer nuevo leía noivo
en lugar de que pasa ki pasa. Y aunque él se dio cuenta prontamente de estos
errores, siguió cometiéndolos por travesura. Pero en el fondo, entre las risas y risas
que provocaba en su auditorio, él sentía que la vorágine del vasto conocimiento de la
humanidad se le abría ante sus ojos. Sintió como la espiral de la historia lo absorbía
cual remolino y lo obligaba a seguirla enroscado como un caracol. Finalmente sufrió un
desmayo y los grandes seguían riendo pensando que estaba haciendo otra de sus payasadas,
sin darse cuenta que el tiempo lo estaba llevando de viaje.
Grandes y chicos se quedaron hasta el amanecer, los unos bailando bebiendo y comiendo
y, los otros jugando y compartiendo los juguetes con amigos primos y hermanos. Todos
procuraban divertirse. Todos dispuestos a jugar con tablapayasos
, ckulluwawas , caballos de
rueda , muñecos ckusillos , Kgarwa
, soldaditos y cholitas de ttejheña , trompos , chocas , cubos rompecabeza , etc.
En todas las casas del pueblo el ambiente era similar. No obstante, las contradicciones
de la vida hacen del Chojolulo el más beneficiado. Pues recibió su regalo en la
hacienda, comió donde Doña Eugenia, lo vistió un poco la Candelaria, lo calzó con
abarcas nuevas el zapatero, le regaló cuadernos y lápices el de la tienda de la plaza,
el párroco le dio dulces y un catecismo y, así así, casi todo el pueblo le dio algo.
Así se confirmaba lo que decía tío Abundio, ¡Que carajo importan los caminos!.
¡La ruta está en el corazón de esta gente!.
Por fin se abrieron las brechas y llegaron las encomiendas y el tío Abundio partió al
día siguiente. Desde el ocho de enero la gente volvió a la siembra, al cuido, a sus
trabajos cotidianos, a las reparaciones y embellecimiento. Buena parte de las habilidosas
manos del lugar, empezaron la confección de miniaturas para la fiesta de Alasitas . Los varones tallando diminutos huevos de paloma,
también confeccionando juegos de servicio de té que caben perfectamente en la palma de
la mano, tan finamente elaborados, que se puede llenar la minúscula teterita con agua y
vaciar el líquido en las tacitas. También hacían calderas, utensilios de cocina,
cucharones capaces de estar colmados con una ulupica, mesas, roperos, catres, todo o casi
todo con volúmenes no superiores al puño de una guagua de
cinco años y usando principalmente la madera del naranjo. Entretanto las mujeres
elaboraban con miga de pan, pequeños muñequitos, damas con trajes coloniales, viandas
con frutas diminutas, frutas de todas clases y colores, ramitos de flores no más grandes
que un tercio de un dedo meñique y otras cosillas. También fabricaban pequeños dulces
de coco con apariencia de platanitos, naranjitas, sandias, etc. Y por supuesto horneaban
los mini bizcochuelo s yungueños, los cuales eran bastante
solicitados por la ciudadanía paceña en la fiesta de
Alasitas.
A la par de estos trabajos, los niños jugaron y jugaron hasta el cansancio, otros
muchachitos se incorporaron al trabajo del campo para ayudar a sus padres, otros ayudaban
en la elaboración de artesanía. Lo normal estaba ganando espacio.
La veintena de primos y primitas de la hacienda, retornaban poco a poco a sus lugares
de residencia. Para la tercera semana, ya sólo quedaban los que vivían en La Paz y Cochabamba . Ya no llovía tanto, pero por una de las ventanas
los ojos de la abuelita parecían diluirse y recorrer los surcos de su cara, así como los
montones de arroyos y ríos abrazan bajando estas tierras.
La fiesta de Alasitas se celebra el veinticuatro de enero en la ciudad de La Paz y,
algunos artesanos yungueños trabajaron hasta el veintitrés en la madrugada, pues ya de
mañanita se subieron a los camiones para viajar encima de la fruta y los tambores de coca . Partirían rumbo a La Paz para vender sus
mercancías. Algunas guaguas lloraban porque querían ir con los papás, o querían
también vender los diminutos cochecitos o caballitos que ilusionadamente tallaron. Los
papás respondían -y con mucha justicia- que el camino era muy peligroso y que estarían
mejor aquí en Churuhuasca, y que además dormir en los tambo s
no era muy bueno para la salud de los niños. Pero los chiquillos no querían entender,
peor aún cuando vieron montarse en los camiones a los últimos niños de la hacienda,
directo a comer y a jugar con las frutas, como si para ellos viajar no fuera peligroso,
como si además ellos fueran los dueños de la fruta.
Por fin los camiones partieron. Las guaguas se quedaron llorando. Y el último de los
Reyes de enero, el Ekeko , esperaba en las ferias de La
Paz.
La abuela-niña se persignaba mirando desde una ventana. Ya no lloraba. Sus nietecitos
debían irse, tenían que estudiar. El año escolar pronto comenzaba. Y la costumbre de
vivir inevitables contenían sus ganas de arrojarse al camino, detener los vehículos y
quedarse a jugar con los niños. Los siempre gigantescamente azorados ojos del nieto de
siete años, traspasaban a la viejita hasta hacerle cosquillas en el alma, ella sonrió,
lo miró, le dio un pellizco amigable en la mejilla mientras decía: Anda hijito, ve a
traer uno de los Tesoros de la juventud y me lees algo, mientras me duermo,
mientras me calmo.

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Jaime Molina